El cannabis en la historia del cine

«El cerebro es como un mapa de África: aún ampliamente por descubrir. Es en estos espacios en blanco donde ocurren las más elevadas funciones de razón y creatividad» (La Vallée, Francia, 1972, dirigida por Barbet Schroeder, con banda sonora de Pink Floyd).

La historia del cannabis en el celuloide se ha balanceado entre la satanización inicial y el generalizado patetismo hilarante de la cartelera contemporánea. Entre ambos extremos ha vagado también por algunos filmes de calidad, pero, desafortunadamente, todavía constituyen contadas excepciones. Los criminales, prostitutas y violadores de antaño han dado el relevo a manadas de jóvenes descerebrados sin expectativas de futuro. Los dos polos opuestos, la persecución insaciable y la insultante frivolización de la sustancia y sus consumidores, reflejan, sin embargo, la creciente tendencia tolerante de la opinión pública hacia la marihuana.

Los orígenes de la industria cinematográfica satanizaron al cannabis con alarmantes mensajes muy alejados de la realidad. Fumadores de marihuana que automáticamente se transformaban en criminales, prostitutas y violadores reflejan la persecución insaciable que esta planta milenaria hubo de sufrir mientras emprendía sus primeros pasos en la historia del celuloide.
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1920

Las primeras apariciones de la marihuana en la gran pantalla se remontan a los tiempos del cine mudo, con cintas, adscritas a la verdad oficial, cuyos mensajes eran: si la fumas, te convertirás automáticamente en un asesino. Éste es el caso de rebajados westerns melodramáticos como Notch Number One (Ben F. Wilson, 1924) o High on the Range (1929). Otra de las primeras producciones es The Road to Ruin (Norton S. Parker, 1928), sórdido melodrama en el que una joven conoce la ruina gracias al alcohol y la marihuana.
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1930

En Jewel Robbery (William Dieterle, 1932), el protagonista droga a mujeres con marihuana para robarles las joyas. Un año después se estrenaría International House (A. Edward Sutherland, 1933), que sigue la fórmula de los seriales radiofónicos: surrealista sucesión de sketchs y música en la que no falta la droga verde. Destaca una escena donde el músico de jazz Cab Calloway, que se interpreta a sí mismo, refiere en una canción las peripecias del «gracioso hombre porro» (funny reefer man), que «se fuma un porro, se coloca y vuela hasta el cielo».
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Otro musical, Murder at the Vanities (Mitchell Leisen, 1934), incluye un número, de Gertrude Michael, dedicado a la yerba, «Sweet Marihuana».
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Ese mismo año, Harlem After Midnight (Oscar Micheaux, 1934) retrata la historia de un gánster adicto a los porros. Posteriormente vería la luz Assassin of Youth (Elmer Clifton, 1935), una historia con moraleja final en la que una joven estudiante de instituto se mezcla con un grupo de fumadores de marihuana y, tras probar la hierba diabólica, emprende su camino a la perdición.
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El más renombrado de los referentes nos transporta hasta 1936, año de producción de Reefer Madness, dirigida en EE UU por Louis Garnier, un panfleto prohibicionista, producido en tres semanas por un grupo religioso, en el que unos jóvenes sanosnormales son arrastrados a la muerte, con escala en la locura y la enfermedad, tras fumar la hierba con raíces en el infierno. Prostitución y terrorismo asociados a una terrorífica droga que acechaba a la juventud norteamericana, la cual, hasta el momento, desconocía en general su existencia. Bajo presupuesto, pésima interpretación y un vergonzoso ejemplo de la manipulación gubernamental. Paradigma de propaganda barata, repuesto posteriormente con títulos como The Burning QuestionTell Your Children, generaría algunas secuelas, como The Cocaine Fiends (1936) o Marihuana (1936), donde las víctimas eran los niños, e incluso alguna que otra parodia, como la comedia musical homónima estrenada recientemente y basada en una obra de teatro que triunfó durante tres años en Nueva York y Los Ángeles.
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Acabamos los años treinta con otras dos producciones: Paroled from the Big House (Elmer Clifton, 1938), drama sobre gánsteres que fuman maría, y Wages of Sin (Herman E. Webber, 1938), en la que la marihuana provoca irresistibles deseos sexuales.

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1940

Los años cuarenta, con la censura del Código Hays (código de censura cinematográfico que prohibía mostrar, entre otras cosas el tráfico clandestino y el uso de drogas), alejaron a la sustancia de la gran pantalla. Sin embargo, encontramos algunas excepciones, como Devil’s Harvest (1942), en la que un vendedor de perritos calientes despacha marihuana a vulnerables estudiantes, y Wild Weed (1949), donde la policía de Los Ángeles combate la amenaza de la «hierba salvaje».

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En 1943, Estados Unidos y Alemania pidieron a los granjeros que cultivasen cannabis para fabricar cuerdas, zapatos, uniformes y redes de paracaídas para la Segunda Guerra Mundial, mediante una película corta llamada Hemp for Victory, cuya existencia fue negada con posterioridad.

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1950

La aparición del cannabis en el cine de los años cincuenta se inició con Borderline (William A. Seiter, 1950), ambientada en México, una de las primeras películas en las que aparece la policía secreta de narcóticos.

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Ese mismo año vería la luz la producción argentina Marihuana (León Klimovsky, 1950), en la que un cirujano vive pesadillas provocadas por la droga.

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Teenage Devil Dolls (Lawrence Price Jr., 1952) es un film sin diálogos que previene a los jóvenes sobre los horrores de la drogadicción.

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Por su parte, Big Jim McLain (Marihuana, Edward Ludwig, 1952) constituye un burdo western de propaganda anticomunista protagonizado por John Wayne.

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Otra película anti-marihuana interpretada por jóvenes es High School Confidential (Jack Arnold, 1958), con un reparto irrepetible: el padre de Drew Barrymore y el hijo de Charles Chaplin, Michael Landon y Jerry Lee Lewis.

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The Cool and the Crazy (William Witney, 1958) es un film de culto en el que la marihuana se asocia a delincuencia y muerte. La última aparición del cannabis en el cine de los años cincuenta fue en The Gene Krupa Story (Don Weis, 1959), en la que un músico es arrestado por posesión de porros y en la que aparecen algunos clásicos titulares de periódicos de la época.

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1960

El decenio siguiente, marcado por una revolución cultural, se inicia con Fiend of Dope Island (Nate Watt, 1961), que habla sobre un narcotraficante en una isla del Caribe. En 1966 el director italiano Michelangelo Antonioni dirigiría una de sus obras maestras, Blow Up, basada en un relato de Julio Cortázar y en la que se retrata la Inglaterra pop de aquellos años. En ella, la marihuana realiza un cameo fugaz pero decisivo en la historia, suponiendo el punto de inflexión en la misma y demostrando que el viaje más importante es aquél que se realiza hacia el interior de uno mismo: las puertas de la imaginación transgreden cualquier dimensión espacial.

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A esta misma época pertenece I Love You, Alice B. Toklas! (Hy Averback, 1968), en la que un cuarentón come pasteles sin saber que contienen marihuana y se desinhibe, liberando sus represiones.

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En este período encontramos la producción argentina Humo de marihuana (Lucas Demare, 1968) y Alice’s Restaurant (Arthur Penn, 1969).

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Por su parte, Easy Rider (Buscando mi destino, Dennis Hopper, 1969) constituye una de las más importantes películas sobre drogas (y la primera pro-marihuana) debido al enorme éxito cosechado (más de dieciséis millones de dólares sólo en EE UU) y a la influencia evidente en el cine posterior. En pleno auge de la algarada hippie, Dennis Hopper, encarnando a Billy, remonta las áridas llanuras mexicanas a lomos de su Harley Davidson. «Born to be wild», de Steppenwolf, le imprime la pincelada indómita a la escena. Sombrero de cowboy, largas greñas desaliñadas, gafas de sol. Hálitos de libertad surcan sus pulmones. Saturado de drogas y alcohol, Dennis Hopper representa el prototipo de la contracultura norteamericana. Peter Fonda, ataviado con un disfraz de Capitán América, escolta su estela. Transitan por el sendero maldito de la sociedad, transpirando autarquía. La marihuana constituye, de hecho, una figura clave en la película, pues simboliza la diferencia entre su propia moral y el código establecido. El realizador establece la idea de que, en cierto modo, fumar marihuana no es un acto malvado, sino todo lo contrario.

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1970

La década de los setenta arrebató al cannabis la seriedad de los inicios al protagonizar películas de humor. En este decenio, la marihuana se estrena como comediante en la pantalla grande.

La marihuana se adentra en el cine de la nueva década con Taking Off (Juventud sin esperanza, Milos Forman, 1971), que retrata a unos padres de la clase media norteamericana confundidos por el cambio de valores de su hija, que se está convirtiendo en hippie. Éstos tratan de abrir su mente hasta el punto de recibir clases de cómo fumar marihuana. Lo que Forman parece sugerir es que la única diferencia real entre padres e hijos americanos es que, mientras los primeros beben cócteles y tocan el piano, los segundos fuman hierba y golpean guitarras.

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Otra cinta que plasma el conflicto generacional es Joe (Joe, ciudadano americano, John G. Avildsen, 1971), debut cinematográfico de Susan Sarandon en el papel de Melissa, que se adentra en los círculos hippies y comienza a usar drogas. Aunque con algunos toques de humor, se trata de una tragedia en la que la chica muere a manos de su propio padre.

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Antonioni volvía a mostrar la marihuana en Zabriskie Point (1971), transgresora representación del inconformismo de la juventud norteamericana. Con una banda sonora de sonidos tribales y psicodelia, describe cómo los adolescentes han abrazado la marihuana utilizándola libremente y a todas horas. Destaca una escena en la que el protagonista rechaza un porro diciendo: «No, gracias. Estoy en un viaje de realidad». A ojos de Antonioni, estar colocado constituye la norma, mientras que la sobriedad es una desviación.

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Otra producción de la época es The Magic Garden of Stanley Sweetheart (Leonard Horn, 1971), drama hippie en el que debutaba Don Johnson.

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La marihuana también aparecía en Dealing (Paul Williams, 1972) y Three in the Attic (Tres en el ático, Richard Wilson, 1968).

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Tampoco podemos obviar The Harder They Come (Caiga quien caiga, Perry Henzell, 1972), primera película jamaicana de la historia, que se ha convertido en film de culto debido, en parte, a su banda sonora, que incluye éxitos de reggaeska, sobre todo de Jimmy Cliff, protagonista omnipresente.

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Annie Hall (Woody Allen, 1977).

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En Midnight Express (El expreso de medianoche, Alan Parker, 1978), basada en el libro de Bill Hayes sobre su propia experiencia, un joven estadounidense es detenido en el aeropuerto de Estambul con varios paquetes de hachís pegados a su cuerpo. Acusado de uno de los delitos peor considerados por el gobierno turco, es condenado a cuatro años de cárcel. El film denuncia la dureza de las prisiones turcas, planteando un tema de actualidad: el de los occidentales arrestados con droga en países como Turquía y Tailandia, donde la legislación al respecto se muestra desmesuradamente estricta.

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Un año después se realizaría en España la poco afortunada Chocolate (Gil Carretero, 1979), sobre las desventuras de dos traficantes menores de drogas blandas.

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Al mismo año pertenecen la producción mexicana Días de combate (Alfredo Gurrola, 1979) y Apocalypse Now (Francis Coppola, 1979), donde la marihuana y el LSD convierten Vietnam en un auténtico viaje psicodélico.

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Hasta este momento, la droga en el cine había constituido en general un ingrediente dramático (cfr. El furor y el delirio, en la que los estudiantes se enganchaban tras dar unas caladas a un porro), en géneros como el melodrama o el policíaco, pero nunca en una comedia. Como afirma Pedro Uris en su libro Alucinema: Las drogas en el cine, «ese giro, importante para la normalización social del consumo de las llamadas drogas blandas, se produce de la mano de dos caricatos con bastante mala pata llamados Richard “Cheech” Marin y Thomas Chong, que en 1979 protagonizan Como humo se va, una película barata que conoce un gran éxito “una más en este estudio” e inaugura una serie con los mismos protagonistas y con dirección en varias ocasiones del propio Thomas Chong, integrada por los siguientes títulos: Cómo flotas tío, Vendemos chocolate Seguimos fumando. Aún habría una cuarta entrega de la saga, El destete de los hermanos corsos, pero en ella nuestros chicos ya habían dejado de fumar. En todas estas películas, burdas comedias de segunda fila, la pareja Cheech y Chong interpreta a un par de pasotas, devotos del porro y la mala educación, que provocan toda clase de malentendidos y equívocos mientras se arrastran indolentes por los ambientes más cutres de la juventud del momento» (URIS ESCOLANO, Pedro (1995): Alucinema: las drogas en el cine, Royal Books, Barcelona, 187 p.).

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Sin embargo, si algo podemos reconocerles a estos grotescos personajes es la desdramatización de las drogas en la gran pantalla, constituyendo, en cierta medida, los abuelos de las actuales comedias sobre jóvenes fumados, muchas de las cuales no han sabido superar la escasa calidad de sus predecesores. Pese a todo, han contribuido a generar un estereotipo que hace un flaco favor a la normalización de la sustancia: la ya tópica imagen del fumado torpe y confuso, pánfilo desmañado incapaz de articular pensamiento inteligente más allá del «yeah, man, it’s cool…».
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1980

En la década de los ochenta encontramos numerosas películas donde la marihuana representa un papel protagónico. Entre ellas, Toxic Zombies (Zombies tóxicos, Charles McCrann, 1980), producción independiente en la que las plantaciones de marihuana son rociadas con un pesticida y los fumetas se convierten en zombies.

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En la comedia clásica 10 (Blake Edwards, 1980), un porro cambia el rumbo de la historia.

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American Pop (Ralph Bashki, 1981) es un film de animación que incluye un par de referencias a la hierba.

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Fast Times at Ridgemont High (Aquel excitante curso), dirigida en 1982 por Amy Heckerling, cuenta con un cauto acercamiento a la marihuana.

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En After Hours (¡Jo, qué noche!, Martin Scorsese, 1985), un tímido informático comparte un porro con una mujer que acaba de conocer, desatando un ataque de paranoia en el protagonista.

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After Hours.

Otras cintas cannábicas de la época son la argentina Las barras bravas (Enrique Carreras, 1985) y The Breakfast Club (El club de los cinco, John Hughes, 1985).

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En Class of Nuke’em High (Mutantes en la universidad, Lloyd Kaufman, 1986), probablemente una de las peores películas de la historia, la planta, debido a una fuga radiactiva se vuelve «atómica».

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About Last Night (¿Te acuerdas de anoche?, Edward Zwick, 1986), con Rob Lowe, Demi Moore y James Belushi.

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 Ganjasaurus Rex (Ursi Reynolds, 1987).

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Otras referencias a la hierba pueden encontrarse en The Accused (Acusados, Jonathan Kaplan, 1988), 1969 (Hal Ashby, 1988) y 976-Evil (Robert Englund, 1989).

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 Y sin olvidarnos de la española Bajarse al moro (Fernando Colomo, 1989).

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1990

En cuanto a la década de los noventa, la cantidad de referencias resulta tan abismal que seguramente se quedará más de una en el tintero. Entre las más reseñables encontramos Dazed and Confused (Jóvenes desorientados), dirigida por Richard Linklater en 1993. Al igual que hiciera George Lucas en American Graffiti veinte años atrás, Linklater retrata el último día de clase en un instituto en 1976. Una fiesta de cerveza, marihuana y novatadas para un día único tanto para los jóvenes que se marcharán para siempre como para los novatos que llegan. Posiblemente de las mejores de su género en los noventa. Tres años después, dirigiría Suburbia, historia amarga y pesimista sobre la vida moderna.

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La marihuana se convierte a su vez en estrella del celuloide en películas como Blood In, Blood Out (Sangre por sangre, Taylor Hackford, 1993), Empire Records (Allan Moyle, 1995), Kids (Larry Clark, 1995), A Reason to Believe (Douglas Tirola, 1995), The Big Lebowsky (El gran Lebowsky, 1997), dirigida por los hermanos Coen, o Martín (Hache) (Adolfo Aristarain, 1997).

Una película imprescindible es la británica Lock, Stock and Two Smoking Barrels (Guy Ritchie, 1998). No podemos ignorar, por su parte, Fear and Loathing in Las Vegas (Miedo y asco en Las Vegas, Terry Gilliam, 1998), debido a la gran cantidad de drogas que consumen Johnny Depp (en el papel de Hunter S. Thompson) y Benicio del Toro. Ese mismo año se produjo Half Baked (Medio flipado), dirigida por Tamra Davis, típica comedia de orientación juvenil con caras conocidas, algo de humor y muchas pajas mentales.

Y más pelis sobre la maría: Homegrown (Cosecha propia, Stephen Gyllenhaal, 1998), 54 (Mark Christopher, 1998), la española Rewind (Nicolás Muñoz, 1999), Cannabis 101 (Michael Corrente, 1999), Dick (Andrew Fleming, 1999) y The Beach (La playa, Danny Boyle, 1999). Por su parte, Grass (Ron Mann, 1999) supone un fiel documental acerca de la droga más polémica del siglo XX, la marihuana, que continúa siendo objeto de ofensiva por la mayoría de gobiernos del mundo. Narrada por la voz en off de Woody Harrelson, nos presenta la desproporcionada persecución a la que esta planta es sometida por el gobierno estadounidense.

Finalizamos la década de los noventa con otras tres producciones: The 60´s (Los 60, Mark y Michael Piznarski, 1999), larga miniserie para televisión; Scarfies (Marihuana, el sótano maldito, Robert Sarkies, 1999); Around the Fire (John Jacobsen, 1999) y la laureada American Beauty (Sam Mendes, 1999), donde la controvertida hierba es vislumbrada desde una perspectiva profunda y perspicaz. Tampoco podemos olvidar la serie Friday (1995), Next Friday (2000) y Friday After Next (2002), con la participación estelar de Ice Cube.

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2000

Los primeros estertores del tercer milenio también nos han dejado un puñado de producciones con la marihuana como actriz principal. Algunos ejemplos son la española Año mariano (Fernando Guillén Cuervo y Karra Elejalde, 2000), Secret Agent 420 (Guy Logan, 2000), con Bong, James Bong, parodiando al mítico agente y un fumeta de cuidado, o la cinta inglesa Saving Grace (El jardín de la alegría, Nigel Cole, 2000), en la que comentarios como «tal vez nadie debería tener esa maldita droga» (en boca de la protagonista, antes de quemar la plantación y que se produzca una fumada colectiva) o la exageración de los efectos echan por tierra una historia que prometía bastante más.

Un año después llegaría a las pantallas How High (Buen rollito), de Jesse Dylan, comedia patética, heredera de Cheech y Chong y protagonizada por dos conocidos raperos norteamericanos: Method Man y Redman. Blow (Ted Demme, 2001). Holocausto Cannabis (Germán Magariños, Argentina, 2001) tambié incluía buenas dosis de fumeteo, al igual que Ali G Indahouse (Ali G anda suelto, Mark Mylosd, 2002), lamentable comedia sin pies ni cabeza. Destaca, entre la mediocridad, el formidable largometraje documental uruguayo dirigido por Mario Handler, Aparte (2002). Hay incluso quien afirma que la hierba que fuman en El Señor de los Anillos es marihuana.

En The Good Girl (Miguel Arteta, 2002), una mujer se pregunta si la hierba que fuma su marido es la causa de que no tengan hijos; High Times’ Potluck (Allison Thompson, 2003), es una comedia cannábica, producida por High Times. En Thirteen (Danny Leiner, 2003), el cannabis aparece junto a la cocaína o la LSD.

La cruz de marihuana (2003), cinta mexicana en la que un capo del narcotráfico pide que lo entierren con una cruz de botellas de vino y marihuana; Harold & Kumar Go to White Castle (Dos colgaos muy fumaos, Danny Leiner, 2004), comedia absurda, sin muchas pretensiones y de estructura anárquica, totalmente prescindible; y Super High Me (Michael Blieden, 2008), documental en el que el comediante Doug Benson fuma sin parar durante treinta días, son los últimos referentes de una droga que ha tenido que lidiar con innumerables humillaciones a lo largo de su historia, pero nunca tanto como en el considerado como «el séptimo arte», donde, salvo contadas excepciones, en general se han preferido narrar los aspectos negativos del abuso antes que la verdadera causa del consumo.

A modo de contrapunto, la imagen del fumeta desvalido ha cambiado en producciones donde el cannabis, no siendo el principal protagonista, aparece como un elemento cotidiano. En Poltergeist (Tobe Hooper, 1982), por ejemplo, el porro que se fuman los padres se nos muestra como algo normal dentro de la locura del argumento. En Peggy Sue Got Married (Peggy Sue se casó, Francis Coppola, 1986), Kathleen Turner fuma hierba con un beatnik local. Otro de los ejemplos es 200 Motels (200 moteles, 1970), primer largometraje de Frank Zappa. También la genial serie Six Feet Under (A dos metros bajo tierra, creada por Alan Ball) o filmes como Nine to Five (Cómo eliminar a su jefe, Colin Higgins, 1980) dan al mundo cannábico el trato que se merece.

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Artículo original:

DOMSAC, Igor (2006): «El cannabis en la historia del cine», en: VV.AA. Cannabis. Colectivo Interzona (editor). Madrid: Amargord, 2006. 148 p. Colección Psiconáutica; 1. ISBN: 84-87302-16-5.

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